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De Quimeras y Ensoñaciones

La esdrújula malvada

La esdrújula malvada Había una vez un museo de arte contemporáneo cuyos objetos inanimados poseían vida. Hablaban, discutían de arte, se contaban chismes varios. Hostiles los unos, benévolos los otros, todos con opinión, con sus diatribas y verborreas de locuaces charlatanes de feria que mascullaran pedantes palabras.
Esdrújula vivía en ese país, el de las palabras, de oscura tez, cabellos negros, ojos azabache, ropajes oscuros, era la primogénita de tres hermanas; Llana, de mediana estatura, ni fea ni guapa, ni gorda ni flaca, ni alta ni baja, de medianas formas; como el jueves, siempre en medio, y Aguda, de piel muy blanca, usaba prendas claras, de lindos cabellos rubios, y pulcros zapatos, era inteligente, pizpireta, casquivana y muy vivaz, las cazaba al vuelo.

A Esdrújula le importaba un bledo el qué dirán, ella no poseía sentido común, mordaz y beligerante, desafiaba la coherente congruencia de las obras de arte y de las reglas semánticas y gramaticales.
Su influencia estaba siendo nociva en un museo con tradiciones, pues rebelde, coqueta y apasionada, creía en el libre reparto de vírgulas para todas las palabras y presumía de haber conseguido el derecho para “su gente” de ir adornadas siempre con una tilde sobre sus vocales.
Todas las esdrújulas vamos acentuadas – se ufanaba vanidosa- y pobre de aquel que se olvide ó por ignorancia caiga en el error de no pintar la vírgula que en derecho a mi familia atañe.

Sus dos hermanas la tachaban de roja, de bolchevique, de dilapidar despilfarrando entre toda su casta, ya fuesen patricios ó plebeyos, proletarios ó burgueses, el más preciado tesoro que poseían, las tildes, ¡Cómo si acaso todas las palabras fuesen iguales ó con los mismos derechos! ¡Qué todavía quedaban clases, por favor!.
A escondidas chismorreaban que tenía cuernos y rabo, gastando tridente.
El diptongo la llamaba vieja. El triptongo, loca. La diéresis, opinaba que era una vieja loca. Pues avarientos y egocéntricos, pertenecientes al selecto club de aristócratas con bombín de alta alcurnia, reclamaban pretenciosos, en exclusividad, el derecho al uso y disfrute de las virgulillas.
Entre ellos la apodaron la Esdrújula malvada. Mas estaban equivocados.

Esdrújula blandía su bandera de igualdad, esgrimiendo que si sarcástico, irónico, satírico, cínico e impúdico gozaban del privilegio ornamental de la tilde, ¿Por qué no habían de hacerlo las demás palabras? . Inclusive, atrevíase a opinar que la tacañería de Llana y la roñosería de Aguda les impedía adornar con vírgulas a nobleza, afecto, franqueza, humildad, lealtad, honestidad, y muchas más.

Esdrújula volaba por todos los rincones del museo en una aspiradora de arcilla, en vez de escoba. Moderna que era ella. Sin necesitar de brújula alguna para hallar su norte. Se hacía de querer tan solo por el arlequín de trapo, por el monigote de hierro, por la semiesfera de mármol y por el tapiz inacabado, y de odiar por el resto de objetos del museo, en su mayoría por desconocimiento, obstinados en confundir la liberalidad con el libertinaje.

Aguda y Llana, celosas, egoístas y envidiosas del libre albedrío de Esdrújula, quien hacía a su antojo su capricho, maquinaron un malévolo plan para someter a escarnio a su petulante mequetrefe hermana y en aquiescencia con el paréntesis urdieron un vil plan.
¡Encerrarla para la eternidad¡
La dificultad estribaba en subyugarla, ¿Cómo hacerlo?, ¿Cómo cortar las alas a su aspiradora y enchiquerar su voluntad de luchadora nata?.
Consultaron con la más sabia, la interrogación, y ésta, con la altivez del conocimiento, irascible y huraña, les espetó: ¿Se puede acaso vivir con miedo?.

Intimidar a Esdrújula no sería fácil.

Cuando en su visita cultural anual, los alumnos de educación infantil visitaron el museo de arte contemporáneo, contemplaron en una de sus salas, una figura de arcilla que asimilaba ser aspiradora junto a dos metálicas de hierros retorcidos de aspecto brujeril, y sobre la pared, dos cuadros con sendas fotografías, en una de ellas, dos manos de mujer se aferraban al quicio de una puerta, como si flotase volando horizontal y huidizamente oculta tras de ella, mas con anhelos de fuga de aquel lúgubre aposento y un algo más allá de afuera se lo impidiese.
La otra fotografía enmarcada era, con su hermoso cielo rojo del ocaso, “El grito”, de Edvard Munch, quien declaró haberlo pintado, cuando angustiado, temblando de ansiedad, sintió un grito infinito que atravesaba la naturaleza.

El profesor sonrió divertido ante la febril imaginación de uno de sus alumnos, cuando en un ejercicio de redacción sobre las impresiones de la visita al museo de arte contemporáneo escribió:
“Dos brujas malas encerraron entre paréntesis a una bruja buena y para que no escapara pusieron a su lado a un hombre loco gritando para asustarla y no dejarla salir.”

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